En la esfera afectiva, tal vez lo que todo ser humano persigue es llegar a encontrar razones para estar satisfecho con lo que proyecta. Una mira revistas de farándula y se imagina que esas inverosímiles modelos perfectas tienen la vida comprada, aunque, quién sabe, la realidad sea muy diferente y ellas se enfrenten día a día con el pesar de no saberse amadas pese a su intachable imagen.
Los años adolescentes son duros, hasta crueles. Ese primer encuentro con el espejo, la conciencia de la propia figura en los ojos del sexo opuesto y los efectos incontrolables de unas hormonas que despiertan, nos hacen anhelar todos los medios para volvernos más deseables. Queremos ser bellos, pero a la manera de los otros. La belleza de los jóvenes es la imitación de una tendencia siempre externa, siempre superficial.
Con el tiempo quizá no cambien los valores estéticos. Pero también es posible que el ser humano abra los ojos un poco más y encuentre la hermosura en otros rincones, en otros detalles, en otros objetos. Hay días, por ejemplo, en que miro los pies del hombre que amo, esos pequeños huesitos que articulan los dedos, y pienso que cada centímetro de su cuerpo es hermoso. Y es hermoso porque es un cuerpo tibio, que se adapta cómodamente al mío, porque es un cuerpo que tiene un lenguaje, que expresa opiniones, que se ríe conmigo de las mismas pequeñeces y recepta todo lo que yo tengo que decir. Las vivencias conjuntas y las historias compartidas han construido un espacio de confianza, de verdad, de aceptación.
La belleza, ahora, a muchos años de mi adolescencia, es algo diferente. Ahora la belleza es razonable y cotidiana. Es una consecuencia, no una causa. Se construye, no viene prefabricada. No se resquebrajará con el paso de los años.
