15 junio 2010
Dios es consuelo
Hoy mientras caminaba, al pasar delante de una Iglesia vi a un hombre bajarse de un autobús y detenerse con apenas ánimos, frente a una estatua de la Virgen María. Se aferró a la reja de hierro que protegía a la imagen y dejó caer su cabeza sobre los barrotes, como quien busca consuelo en el hombro de un amigo. Era un hombre de apariencia humilde, quizá ebrio, a juzgar por sus movimientos erráticos y el continuo vaivén de su cuerpo. Y era evidente, por su expresión, que veniá a rogarle por algo a la figura de concreto pintado.
Y ¿qué otra cosa sino la idea de un ser superior, amoroso y compasivo, puede tener para consolarse una persona que se enfrenta día a día a un mundo que, como diría Ciro Alegría, le resulta ancho y ajeno? Un mundo en el que se forma parte de un ghetto, mientras la vida pública transcurre inalcanzable, un mundo que nadie quiere ver y que nunca aparece en las postales para turista.
Qué otra manera de resignarse sino creyendo que más allá, después de la muerte, después de esta vida de injusticias incomprensibles, hay un paraíso de tranquilidad, sin las angustias diarias que provoca la incertidumbre, sin las dudas que emergen de lo desconocido, de lo que no se entiende.
Qué mejor manera de evitar que la gente alce su voz, sin importarle quién sea el líder de turno; qué mejor manera de conseguir que todos, como este buen hombre, reclinen la cabeza y miren al suelo en lugar de echarle un vistazo al horizonte y empezar a construir otro mundo, que sí es posible.
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Reflexión
