Hace unos diez años -¡uf!- terminé el colegio y algunas compañeras se habían casado ya. Para cuando acabé la Universidad, hace casi cuatro, era una de las pocas solteras que quedaban. Siempre perturba formar parte de la minoría, aunque uno encuentre la forma de enorgullecerse de su marginalidad para defenderse de las exigencias sociales.
"No hay mal que por bien no venga" dice la sabiduría popular en busca de un consuelo para el que sufre. Una amiga y yo solíamos bromear completando la frase con "y hasta ahora espero el bien". Pues sí, la paciencia tiene sus recompensas al fin y al cabo; hoy las dos estamos redescubriendo el sentido de nuestras vidas, tomando decisiones importantes, definiendo el mejor horizonte.
Mi punto es, en fin, que los viejos tienen razón cuando nos dicen que somos muy jóvenes para saber qué queremos de la vida, por más que con la vehemencia propia del adolescente, nos mostremos totalmente convencidos de saber qué rumbo vamos a seguir. Salvando afortunadas excepciones, la mayoría de "amores de mi vida" y "mejores amigas hasta la muerte" son etiquetas que se van diluyendo en el transcurso del tiempo, en el dramático devenir de las circunstancias, casi siempre insospechadas.
Observo, personalmente, que los criterios que los jóvenes priorizan para escoger pareja son demasiado superficiales y eso es lo que conduce al fracaso de las relaciones, a los engaños, a la frustración. Noviazgos de años se basan por entero en salidas a los bares, asistencia a compromisos o viajes de placer. Al otro se lo idealiza, siempre está arreglado y saludable, su presencia es sinónimo de diversión. Ignoramos que la vida también contiene silencios, aburrimiento, repeticiones y cotidianeidad, esa rutina que puede volver cansina a la más sorprendente de las actividades y que sólo puede superarse con creatividad y determinación. Nos hacemos de la vista gorda cuando es hora de hablar de la enfermedad, del envejecimiento y de la muerte, olvidamos cuán humanos y vulnerables somos.
Esta loca idea de superar la natural promiscuidad y el básico egoísmo, y comprometerse voluntariamente a la monogamia y a ser responsable por el bienestar de otro, comporta más razonamiento de lo que parece. Una creación social tan artificial como el matrimonio, jamás funcionará espontáneamente. Si ha de durar toda la vida, siempre será mejor un carrusel que una montaña rusa, por divertida que ésta parezca, porque nadie puede soportar prolongadas subidas, bajadas y puestas de cabeza. Por supuesto, no es tan fácil; tampoco es cuestión de subirse al primer carrusel de feria que encontremos al paso.
Dejaré de divagar. A mí la soledad y las malas decisiones me enseñaron unas pocas cosas que alguien podría encontrar útiles:
- Las personas no cambian con el tiempo ni podemos cambiarlas con nuestras buenas acciones.
- El no tener los mismos intereses es una diferencia superable, el no tener los mismos valores, no.
- La cortesía y los buenos modales nunca serán cursis o innecesarios.
- El respeto perdido difícilmente se recupera.
- Los chantajes afectivos, la excesiva volubilidad, las exigencias infundadas y tontas, entre otras demostraciones de inmadurez emocional, inmediatamente denotan falta de aptitud para contraer matrimonio. Triste, pero cierto.
Ya veremos qué escribo al respecto dentro de unos cuantos meses, y de varios años ;)
