Hablemos, nuevamente, de empatía. A veces pienso en los procesos comunicativos como caminos atravesados por zanjas en las que uno va cayendo irremediablemente, por más esfuerzos que haga para evitar accidentes.
Mi profesión me obliga a tener rapidez de respuesta ante los argumentos que otros opongan a los míos, agilidad mental que tiene que completarse con la capacidad de expresar elocuentemente lo que pienso. Por otra parte, al ser docente, por deber y vocación, cada día procuro entender cómo despejar los senderos que pueden conectar la teoría con la práctica, el discurso con el aprendizaje. Pero todo esto, trasladado a las relaciones personales, se vuelve árida retórica. No importa cuántos esfuerzos se hagan para tender un puente sobre aguas turbulentas: la naturaleza destructiva de las aguas siempre terminará por imponerse. Esto último me hace sentir pesimista, triste ante la perspectiva de un mundo por siempre condenado a las guerras y a los abusos de unos sobre otros: de los que están cómodos y no tienen capacidad de ponerse en el lugar de los más débiles, sobre los que no tienen libertad ni posibilidad de defensa.
La contemplación de estas reflexiones en situaciones concretas, y la intuición casi irracional de que algo diferente es posible, me han llevado a elegir los caminos que he escogido. Caminos de rebeldía e incluso de marginalidad, de los que muchas veces resultan desengaños dolorosos, pero otras veces, relámpagos de satisfacción, ráfagas de luz que dejan entrever cuán sublime puede ser una persona.
En estos días he protagonizado más de un proceso de incomunicación. Situaciones de incompetencia emocional, de incapacidad de entender la otredad, y sobre todo, de sentirse alcanzado por el otro en una caminata desesperada y dificultosa.
En medio del sentimiento de impotencia, de una soledad globalizada, de compañías no queridas y palabras no solicitadas, aparece, sin motivo aparente, un espacio de inclusión, una excepción que confirma la regla. Magia inexplicable que por momentos me hace sentir culpable de sonreír en un mundo en el que la risa es un privilegio de pocos. Pero todo esto desborda el plano cotidiano de mis reflexiones laborales, sociales, e incluso ideológicas. Algo misterioso, que no puedo ni intento explicar, invade a lo que no acierto a llamar corazón.
Conocer es volver a nacer.
Imagen: John Henry de Darkest Hour, por marms_rtt


